En diciembre de 2015 un miembro de la Guardia indígena de la comunidad de San José de Wisuya preguntó al presidente de la comunidad, Alonso Aguinda, si sabía algo sobre un oleoducto que se construye en la selva en las afueras de su territorio ancestral.

“¿Cuál oleoducto?”, replicó Alfonso.

Para los Siona y Kichwa de la comunidad de Wisuya, ubicada en el lado ecuatoriano del Río Putumayo, el cual sirve de frontera con Colombia, la Guardia indígena constituye los ojos y los oídos de un territorio bajo constante amenaza.

Ese día, la Guardia descubrió plantas manchadas de aceite de motor, un área gigante de bosque primario recién talado, y un oleoducto instalado en el suelo selvático.  En una foto tomada por la Guardia, se observa al líder comunitario Darwin Rodríguez sosteniendo un bejuco de yagé desgarrada y descartada, talada junto a docenas de otras plantas sagradas medicinales que la compañía petrolera arrasó en la selva.  La maquinaria de la petrolera también obstruyó el estero que serpea alrededor de la casa ceremonial del Taita Felinto Piaguaje.

 

 

“Los espíritus del río se han marchado”

Hijo del difunto taita o chamán más reverenciado entre los Sionas del Putumayo, el Taita Felinto ha dedicado su vida a comunicarse con estos espíritus.  Felinto ha bebido yagé desde que era niño.  Esta bebida alucinógena, comúnmente conocida como ayahuasca, es la piedra angular sobre la que se construye la vida cultural, espiritual y política entre los Siona y Kichwa de la comunidad selvática ecuatoriana de San José de Wisuya.

Ninguna enfermedad del cuerpo o el espíritu es tratada en un hospital antes de haber consultado con los taitas en una ceremonia de yagé.  Ninguna decisión importante, como elegir al nuevo presidente de la comunidad, es definitiva hasta que la comunidad haya bebido yagé y meditado sobre el respecto.  Los jóvenes que forman la Guardia participan regularmente en las ceremonias, donde reciben la guía y protección espiritual de los taitas para poder cumplir de la mejor manera con su responsabilidad de proteger su territorio ancestral de aquellos quienes desean hacerle daño.

Los espíritus con los que los Siona y Kichwa se comunican en las ceremonias de yagé habitan en la selva, en los ríos y arroyos, en el jaguar y en la boa.  Ellos, como los Siona y Kichwa, dependen de la selva para sobrevivir.

“¡La selva es nuestra vida! Y ellos vinieron y cortaron una vena” dice el Taita Pablo Maniguaje, otro chamán Siona que habita del otro lado del Río Putumayo.  “Felinto utilizaba el agua del estero para preparar yagé – tenía un espíritu, pero ahora se ha marchado.”

Un mes después de que el arroyo se secara, la salud de Felinto comenzó a decaer abruptamente.  Comenzó a experimentar dolores musculares, tos persistente, y fatiga constante.

El Taita Pablo explicó: “Cuando uno de nuestros taitas se ve debilitado por los espíritus, el resto de la comunidad se debilita.  Nuestra mente es una sola cuando bebemos yagé juntos.”

 

 

Operando en medio del conflicto

La batalla por la supervivencia cultural y territorial de los Siona no inició con este oleoducto.  Luego de soportar a los conquistadores españoles, el boom del caucho, y a hordas de misioneros, en las últimas décadas el territorio de los Siona ha sido el epicentro de un conflicto armado tripartito entre el movimiento guerrillero FARC-EP, paramilitares de extrema derecha, y las fuerzas armadas colombianas.

Décadas de violencia en la región han tenido por resultado una peligrosa ausencia estatal de instituciones públicas civiles colombianas y ecuatorianas.  Los 110 Sionas y Kichwas que habitan en Wisuya y los 600 que viven en la comunidad colombiana de Buenavista, en la otra orilla del río, han sido víctimas de batallas armadas y bombardeos de mortero, asesinatos, minas antipersonales esparcidas por su territorio, reclutamiento forzado de sus jóvenes en unidades armadas de ambos bandos, y desplazamiento forzoso de sus hogares.  Adicionalmente, la comunidad de Wisuya carece de la formalización de propiedad sobre sus casi 3000 hectáreas de territorio ancestral en el Ecuador, el cual coincide con un área recientemente declarada como parque nacional y zona de seguridad nacional (ambas categorías son incompatibles con derechos de propiedad privada en el Ecuador). Para estos cambios de categorización los Siona y Kichwa no fueron consultados.  A la postre, su elevada vulnerabilidad dota a las actividades actuales de la compañía petrolera de un grado de peligrosidad aún mayor.

Pero aún y recibiendo ataques de todos los frentes, los Siona y los Kichwa se alzan en resistencia para proteger su selva, agua y cultura, de la destrucción y la impunidad.  “Como parte del Entrenamiento de Defensores de Derechos de las Nacionalidades, con la Alianza Ceibo y Amazon Frontlines, hemos sido testigos de los impactos del petróleo en otras comunidades.  La contaminación, los conflictos internos, la pérdida cultural. El amor y el miedo nos han llevado a decir ‘basta’ ”, dice Darwin Rodríguez.

La “empresa”, como la llaman los Siona y Kichwa, consiste realmente en dos compañías encargadas de la construcción del oleoducto: la estatal petrolera ecuatoriana PetroAmazonas, la cual opera ya docenas de pozos ubicados a pocos kilómetros del territorio de Wisuya, y Amerisur Resources, una joven compañía británica que opera los bloques petroleros Platanillo y Put-12 del otro lado del Río Putumayo, en Colombia.

Amerisur se especializa en campos de alto riesgo que otras compañías han decidido no explotar.  ¿Por qué no querría la mayoría de empresas petroleras explotar los ricos yacimientos en el Putumayo? Porque el conflicto armado colombiano implica que el hacer negocios en la región es peligroso y costoso.  Al no existir un oleoducto del lado colombiano para transportar el crudo a la costa para su exportación, Amerisur dependía de tanqueros que frecuentemente eran robados o quemados por actores armados en la carretera que va al norte.  Desde un punto de vista financiero, tiene sentido construir un oleoducto que atraviese el Río Putumayo y enviar el crudo a la refinería del Ecuador, en la costa. Amerisur financió y supervisó la construcción de esta sección de la Red de Oleoductos Secundarios (RODA).  Para esta compañía, esta inversión representa una opción más segura a largo plazo para sus accionistas. Los Siona y Kichwa de Wisuya son simple daño colateral.

El oleducto RODA en cuestión fue construido por Amerisur para transportar crudo desde el campo colombiano Platanillo, por debajo del Río Putumayo, hasta la costa del Ecuador.
(Nota: Mapa elaborado por el autor.  El territorio de Buenavista incluye tanto tierras con título de propiedad como territorio ancestral en proceso de legalización formal.)

La lucha contra la impunidad

Desde la suscripción del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los pueblos indígenas tienen el derecho formalmente reconocido de ser consultados por el Estado previamente a la implementación de leyes, proyectos, trabajos o actividades que puedan afectar sus territorios.  En el Ecuador, este derecho se encuentra consagrado además en el artículo 57 de su Constitución. Esto significa que una compañía petrolera no puede construir un oleoducto sobre o cerca de territorios indígenas sin antes haber consultado a sus habitantes. Entonces, ¿cómo es que Alonso y la comunidad se enteraron de la existencia del oleoducto en su territorio en medio de su construcción?

Durante una visita al sitio en 2016, un representante de Amerisur dijo que la compañía simplemente desconocía que indígenas vivían en la zona, no obstante el hecho de que los Siona han habitado estas tierras por siglos, o incluso milenios.  Pero la práctica de desconocer a los pueblos indígenas también tiene una larga historia en la Amazonia. A la vez que el gobierno ecuatoriano busca desesperadamente ingresos petroleros para pagar su deuda externa, y el Ministerio del Ambiente carece de un adecuado financiamiento para ejercer una vigilancia real, las compañías petroleras han operado con impunidad, especialmente en Putumayo.

En un procedimiento administrativo iniciado por Wisuya ante el Ministerio del Ambiente, se determinó inicialmente la existencia de violaciones de derechos.  La Dirección Provincial señaló que, además de haber violentado el derecho a la consulta previa de los Siona y Kichwa, la construcción del oleoducto inició en noviembre de 2015 sin contar con el estudio de impacto ambiental requerido por la ley.  Además, la compañía no contó con una licencia ambiental hasta febrero de 2016, cuando el proyecto estaba casi terminado. Cuando este informe de la Dirección Provincial llegó a las oficinas principales del Ministerio del Ambiente, en Quito, fue rápidamente revocado.  Desde entonces, el Ministerio no ha tomado cartas sobre las acusaciones más serias en contra de las compañías, incluyendo la falta de licencia ambiental, y la ausencia de un proceso de consulta previa con la comunidad indígena de Wisuya. En su lugar, el Ministerio les dio a las compañías una palmada en la mano, ordenando la revegetación del área.

“Pero la compañía jamás nos consultó qué plantas debía utilizar.  Ellos llegaron un día y plantaron árboles que solo crecen en la montaña, pero esta tierra es plana, algunos de esos árboles ni siquiera hemos visto por aquí,” dice Alonso.  “Seis meses después, la mayoría estaban muertos. Devolverle la salud a esta área va más allá de plantar unos árboles, pero ellos nunca nos han escuchado cuando les decimos que la sanación debe ser espiritual.”

El 27 de agosto de 2018 la Defensoría del Pueblo, la institución estatal encargada de la promoción y protección de derechos humanos, determinó luego de una investigación de dos años que el estado ecuatoriano, a través de las acciones y omisiones del Ministerio del Ambiente, PetroAmazonas y Amerisur, violó los derechos colectivos a la consulta previa, cultura y territorio de Wisuya, así como los derechos de la naturaleza.  En la resolución de la Defensoría se confirma oficialmente que PetroAmazonas y Amerisur construyeron el oleoducto en violación de la ley ambiental ecuatoriana, la Constitución, y las obligaciones de derechos humanos, causando así daños culturales y ambientales a Wisuya. El Ministerio del Ambiente y la Secretaría de Hidrocarburos también incumplieron su obligación de vigilar, controlar y proteger los derechos de la comunidad y de la naturaleza, una vez que conocieron de la denuncia de Wisuya.

La Defensoría también determinó que los daños materiales e inmateriales a Wisuya persisten,  por lo que el estado ecuatoriano tiene la obligación de repararlos integralmente. La reparación contempla tanto la restauración de la selva y las vías de agua afectadas, como la construcción de una nueva casa ceremonial para el Taita Felinto bajo la guía y con la participación de los Siona y los taitas.  Los taitas afirman que el daño es irreparable, pues los espíritus ya se han marchado.  Pero aunque eso sea cierto, esta reparación ayudará a los Siona y Kichwa y a su territorio en el inicio de un largo camino para traer a los espíritus de vuelta.

 

FOTOS: Los líderes de Wisuya Alonso Aguinda y Sandro Piaguaje denunciaron las demoras y la inacción del gobierno del Ecuador ante claras violaciones a la ley, luego de una reunión en la Defensoría del Pueblo.  De vuelta en Wisuya, reciben la protección espiritual de los ancianos Siona.

Si bien[1]  la resolución de la Defensoría constituye una victoria histórica, el cumplimiento de sus disposiciones no es obligatorio.  Muy probablemente, los Siona deberán presentar su caso ante las cortes para garantizar la compensación de las entidades gubernamentales que han violado sus derechos, las cuales han actuado en este caso con total falta de diligencia y buena fe.  En una reciente reunión con el Ministerio del Ambiente en Quito, funcionarios trataron de convencer a Wisuya para que se sienten en la mesa con las compañías petroleras para buscar un acuerdo. Los Siona se sintieron insultados por la mera sugerencia.  Luego de la reunión, un joven Siona relató: “¿Sentarnos con la compañía que está tratando de destruirnos? A menos que quieran disculparse, asumir su culpa, y garantizar que jamás entrarán de nuevo en nuestro territorio, no hay nada de qué hablar.”

Amerisur en particular ha reaccionado con hostilidad a la decisión de los Siona de mantener su territorio libre de petróleo.  A pesar de las repetidas demandas para que la compañía deje de contactar a miembros de la comunidad por fuera de las asambleas globales formales, representantes de Amerisur en numerosas ocasiones han llamado y acorralado a líderes de manera individual, exigiendoles que firmen documentos o negocien acuerdos.  Recientemente, 27 organizaciones de derechos humanos de todo el planeta firmaron una carta abierta para la Fiscalía colombiana, denunciando a Amerisur por haber presentado falsas alegaciones penales contra la abogada de Amazon Frontlines y defensora de derechos humanos María Espinosa, quien brinda asesoría legal a los Siona también en su resistencia ante los planes de Amerisur de iniciar la explotación petrolera de sus territorios en Colombia.

Ahora que la batalla ha iniciado, los líderes de Wisuya sienten que son blancos de ataques y abusos.  Durante décadas, el conflicto armado en la otra orilla del río entre las guerrillas FARC, los paramilitares, y el ejército colombiano se ha servido de la violencia como forma de resolución de conflictos.  Sólo en el 2017, más de 100 líderes comunitarios fueron asesinados en Colombia, en su mayoría en relación con mega proyectos de industrias extractivistas. Darwin y Alonso reciben amenazas de muerte regularmente por su resistencia contra el petróleo.  Panfletos paramilitares que prometen “limpiar” el área de personas problemáticas aparecen al pie de sus puertas.

“Ahora, cuando voy al pueblo, no hablo con nadie”, dice Alonso.  “Ni siquiera les miro a los ojos. Siempre estoy alerta. El miedo me pone alerta.”

Los Siona han pervividos en los territorios amazónicos de sus antepasados ante desafíos que parecían insuperables.  A través de sus batallas legales en ambos lados de la frontera, los Siona hacen un llamado contra décadas de abandono estatal, contra la impunidad de las compañías petroleras que buscan destruir su territorio, y contra la indiferencia de aquellos de nosotros cuyos hábitos de consumo han llevado al pueblo Siona al borde de la extinción.

La batalla ha iniciado.  En mayo de este año los Siona comparecieron ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para exigir protección integral inmediata por parte del gobierno colombiano, que resultó en el otorgamiento de medidas cautelares a su favor que obligan al estado colombiano tomar medidas urgentes e integrales para garantizar la vida del pueblo Siona. También han logrado detener temporalmente los planes de Amerisur de iniciar una exploración sísmica generalizada en su territorio colombiano, ganando medidas cautelares en Colombia que prohíben temporalmente cualquier actividad petrolera en más que 50,000 hectáreas de su territorio ancestral.  Y, en Ecuador, no descansarán hasta que el estado y Amerisur reparen el daño que el oleoducto ha causado a su tierra, su cultura, y a los espíritus que se han marchado.

Para alzarse en defensa de su territorio, los Siona del Putumayo requieren de coraje, y de nuestra solidaridad.  Apoya a los Siona firmando y compartiendo nuestro compromiso.

Traducción por Juan Pablo Saenz.

Listado de crónicas relacionadas con los Siona de Putumayo:

Brian Parker

Brian ParkerCoordinador del Programa de Defensores

Share the movement!