¿Cómo deberían responder los pueblos indígenas amazónicos cuando el Estado los declara en riesgo de extinción física y cultural?

¿Cómo pueden continuar protegiendo sus territorios y culturas cuando son presionados desde todos lados por conflictos armados y compañías petroleras invasivas?

¿A quién se dirigen cuando son abandonados por las mismas instituciones gubernamentales encargadas de su protección?

El pueblo Siona del Putumayo – un río que divide Ecuador y Colombia – debe responder a estas preguntas antes de que su cultura y la selva de la que depende se pierdan para siempre.

Los Sionas del Putumayo son bebedores de yagé. La bebida alucinógena, también conocida como ayahuasca, está en el centro de su cultura ancestral y de su resistencia actual.

Les permite contactarse con los espíritus de la selva, curar la enfermedad, y juntar a la comunidad en la toma de decisiones para enfrentar los retos en unidad. Abajo, el chamán mayor Humberto Piaguaje prepara yagé para la ceremonia de la noche.

Los Siona conservaron sus tradiciones de yagé a través de la invasión Española y de la subsecuente conversión forzada al Cristianismo. Las protegieron durante la esclavitud y la brutalidad del comercio del caucho a final del siglo XIX y principios del siglo XX, y nuevamente bajo la oleada de misioneros evangélicos de los años 60 que llegaron con la intención de destruir la “bebida del demonio” al centro de la cultura Siona.

A comienzos de los años 80, el conflicto trilateral colombiano entre el Estado, los paramilitares de derecha y las guerrillas de izquierda pusieron en peligro la vida cotidiana en la región. Las ceremonias de yagé fueron a menudo interrumpidas por tiroteos o explosiones cercanas.

Aun así, el día de hoy la tradición permanece fuerte. Es común para los más de 200 miembros de la comunidad el reunirse en el ritual de toma, una rareza en una región en donde la tradición se está debilitando debajo de la acelerada invasión de la sociedad occidental.

Aunque sus casas se encuentran bien en la comunidad de Buenavista en el lado colombiano del río, o bien en la comunidad de San José de Wisuya en el lado Ecuatoriano, los Sionas ven la frontera internacional como lo que realmente es: un río que lleva siendo su línea de vida por mucho tiempo, antes incluso de que ninguno de los dos países exista.

Por todas las cuestiones prácticas, la ficción de dos distintas comunidades existe únicamente en papel. Mario Erazo Yaiguaje, fotografiado arriba, as tanto el Gobernador de Buenavista como un miembro del Consejo Directivo de San José de Wisuya.

En ambos lados de la frontera, los Sionas enfrentan amenazas recientes de la misma compañía petrolera británica, Amerisur Resources, quien posee intereses en bloques petroleros de alto riesgo en América Latina. En Colombia, Amerisur opera docenas de pozos petroleros en unos pocos kilómetros del territorio Siona. La compañía propuso un proyecto de exploración petrolera de gran escala en el corazón del territorio Siona en el 2014.

El pueblo Siona ha movilizado una resistencia de pleno derecho contra la destrucción ambiental y cultural causada por la actividad petrolera. Tal y como consta en su resolución del 2017, “Ratificamos que todo nuestro territorio, de manera total y integra, es sagrado para nuestro Pueblo, por lo que no permitiremos que nuestro territorio siga siendo afectado por el afán extractiva de empresas como Amerisur o del propio estado”.

En Ecuador, los Sionas han iniciado una batalla legal contra Amerisur y la empresa petrolera gubernamental PetroAmazonas por la construcción ilegal de un oleoducto transnacional debajo del río Putumayo.

La construcción del oleoducto le ha causado un grave daño ambiental y espiritual en los Sionas, y ha sido construído sin elaborar un estudio de impacto ambiental , sin una licencia ambiental aprobada, y lo más importante, sin la consulta previa al pueblo Siona, derecho protegido por el derecho internacional y reconocido por la constitución ecuatoriana.

En Colombia, una tubería de Amerisur ubicada río arriba de las comunidades Siona vertió aguas tóxicos de producción directamente en el río Putumayo durante años. Fue retirado en el 2013, solamente después de que las comunidades vecinas realizaron demandas y amenazaron con bloquear las operaciones de Amerisur.

El agua no se puede beber y después de bañarse, constantemente los Sionas sufren de granos y forúnculos característicos de la exposición tóxica.

Mientras tanto, los Siona permanecen atrapados en el fuego cruzado del conflicto armado colombiano. Pese al reciente Acuerdo de Paz, los tres lados mantienen fuertes intereses políticos y económicos en la región.

En el 2009, la Corte Constitucional de Colombia declaró a los Siona, junto con otros 33 pueblos indígenas, en riesgo de extinción física y cultural debido al conflicto armado, y exigió al gobierno nacional implementar medidas que garanticen su supervivencia. Al contrario, el Estado facilitó las operaciones petroleras de Amerisur en el Putumayo y proveyó personal militar como seguridad 24 horas para la compañía. La creciente presencia militar ocasionó un aumento de hostilidades armadas, incluyendo tiroteos, instalación de minas antipersonales y reclutamiento forzado.

Para los Siona, el reciente acuerdo entre el gobierno Colombiano y las FARC es un juego político vacío. Los primeros meses del 2018 han traído consigo una intensificación de la violencia al interior de su territorio.

Puerto Silencio, una pequeña aldea Siona a tres horas de Buenavista al interior de la selva, se ha sufrido lo más fuerte del conflicto.

La comunidad está asentada en un afluente del Putumayo que ha sido usado por años como la ruta clave del tráfico de coca. La materia prima natural para la producción de cocaína, las fincas de hoja de coca prosperan a lo largo de la región del Putumayo, donde la pobreza es extendida y las alternativas económicas son escasas. Algunos granjeros campesinos son forzados a cultivarla por organizaciones criminales, amenazados con violencia si es que no la producen a tiempo.

Minas antipersonales colocadas por las FARC y el ejército colombiano están regadas en gran parte del territorio Siona. Arriba, Celio y Plácido Yaiguaje hablan en Puerto Silencio en el lugar en el que su madre fue asesinada por una mina antipersonal. Ella estaba caminando hacia su lugar de pesca favorito cerca de su casa cuando una mina colocada por las FARC para disuadir el avance del ejército colombiano le quitó la vida.

La presencia de minas ha confinado a los Siona a unos pocos caminos conocidos, y ha hecho de las prácticas tradicionales como la caza, la pesca y la recolección de comida prohibitivamente riesgosos.

Los Siona han perseverado por siglos a los intentos de aniquilarlos, y no tienen la intención de permitir que las nuevas amenazas hagan lo que los conquistadores y los barones del caucho no pudieron hacer. Tienen demandas legales pendientes en sistemas legales nacionales e internacionales para promulgar medidas urgentes que garanticen su supervivencia física y cultural.

El 10 de Mayo, los Siona se presentarán en República Dominicana frente a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como uno de los tres casos de estudio de vulnerabilidad de los pueblos indígenas colombianos a violaciones de sus derechos humanos en áreas de conflicto, con especial atención en el riesgo intensificado que trae consigo la presencia de la industria extractivista.

Al interior de sus comunidades, los Siona han iniciado una guardia indígena, conformada por hombres y mujeres jóvenes dedicados y dedicadas a proteger el bienestar de la comunidad a través del monitoreo y control autónomo de su territorio.

Actores armados de cualquier facción no están permitidos dentro del territorio Siona. El rol de la guardia es informar a los grupos armados que entran que deben tomar otra ruta. Durante los últimos diez años, la articulación de la guardia de Buenavista y Wisuya ha crecido hasta tener 60 miembros.

Los bastones de chonta portados por todos los miembros les da fuerza, pero los riesgos son reales. En el 2017 alrededor de 120 defensores del medio ambiente y de los derechos humanos fueron asesinados en Colombia, muchos de ellos indígenas.

Líderes Siona como Celio, Alonso, Mario y Sandro (a la izquierda), han recibido todos amenazas de muerte a causa de sus roles en la defensa de su territorio.

Para ser guiados y para protección espiritual, los líderes y la guardia regresan con los shamanes mayores, taitas como los llaman los Siona, y al yagé.

Líderes como Sandro Piaguaje, fotografiado arriba, son elegidos por la comunidad, pero solamente validados después de una ceremonia de yagé y la aprobación de los taitas. Ser un líder o un miembro de la guardia conlleva la responsabilidad de participar continuamente en ceremonias de yagé para buscar la guía de los espíritus, discutir colectivamente decisiones importantes con los taitas, y construir fuerza espiritual para el camino por delante.

Sandro dice lo que los taitas le dijeron, “Olvídate de la idea de que este es el comienzo, nosotros comenzamos hace mucho tiempo. Para nosotros, esto no es la guerra. Esto es pervivencia. Esto es paz. Esto es armonía. Esto es entendimiento. Esto es hermandad.

Durante los próximos meses, Amazon Frontlines estará compartiendo más historias acerca de la lucha de los Sionas del Putumayo por la pervivencia física y cultural.

Para los Sionas del Putumayo, levantarse por la defensa de su territorio requiere coraje y requiere solidaridad. Apoya a los Siona firmando y compartiendo nuestra petición.

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Fotografías por Mateo Barriga Salazar.

Traducción por David Schurjin.

Siga el enlace para ver un video sobre la resistencia de los Siona:

Listado de crónicas relacionadas con los Siona de Putumayo:

Brian Parker

Brian ParkerCoordinador del Programa de Defensores

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